Antonio Tovar, Vida de Sócrates, Madrid, Alianza, 2007. (498 pp.)
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La muerte de Sócrates. Jacques Louis David. 1787. (Fuente: Wikipedia) |
En
este nuevo post dedicado a la figura de Sócrates analizamos una de las mejores
obras que sobre el tema se han escrito en castellano: Vida de Sócrates del filólogo español Antonio Tovar (1911-1985). Es
libro que resulta ser el perfecto complemento a la obra que ya anteriormente comentamos
de I. F. Stone porque parte de una gran veneración al filósofo griego
acompañada de una inmensa sabiduría sobre el mundo clásico. Podemos destacar
una idea de esta obra sobre el resto: la importancia de Sócrates (y nosotros
debemos añadir que también su actualidad) está para Tovar en el hecho de ser un
pensador «bisagra», es decir, por constituir de puente de mediación en un
momento de gran transformación que nos lleva desde el mundo tradicional y
religioso al mundo de la razón, al mundo moderno. La labor del filósofo griego
en este momento es la de mantener un equilibrio entre cada una de las
tendencias, de constituirse en virtud frente a lo que Tovar considera como dos
excesos.Si,
por otra parte, tuviéramos que destacar algún punto negro de la obra que ahora
comentamos yo señalaría personalmente el trato injusto que Tovar dispensa a los
sofistas, un trato del que el propio autor llegará a arrepentirse más adelante.
Pero pasemos a comentar en detalle cada uno de los capítulos:
Capítulo I. El problema histórico.
En
este primer capítulo Tovar se acerca a las fuentes históricas que deben
considerarse a la hora de analizar la figura de Sócrates.La
fuente más antigua e inmediata son los poetas
cómicos, entre los que destaca la figura de Aristófanes. Para éste Sócrates
representa todas las novedades que trae consigo una época desfavorable para
Atenas. Sócrates se convierte en blanco de las críticas de los cómicos tras su
valiente comportamiento en la batalla de Delión, esas críticas tendrán un gran
peso en el momento del juicio.Por
su parte, los discípulos socráticos
presentan numerosos problemas en tanto fuente histórica a partir de la cual
considerar la figura de Sócrates. Tovar nos pone en guardia acerca de la forma
en que debemos considerar el mensaje de los discípulos socráticos ya que en sus
obras no trataban de exponer las ideas del maestro sino continuar con su obra:
«No había nacido aún la historia de las ideas, y los discípulos todos,
dominados también por la conciencia de misión que había poseído el maestro,
exponían en sus diálogos la doctrina viviente que ellos interpretaban, vivían y
continuaban a su modo, sin llegar al sentido histórico de percibir lo que era
suyo y lo que era ajeno.» (p. 33).Platón
se ha presentado a sí mismo como el verdadero conocedor del mensaje socrático.
Durante el siglo XVIII, la Ilustración halla más adecuado el Sócrates de
Jenofonte que el de Platón, Schleiermacher vuelve a revalidar a éste último
como fuente histórica en el siglo XIX y, todavía, este consenso prevalece en
nuestros días hasta el punto de que ya nadie se atreve a volver en exclusiva al
Sócrates jenofontíaco. Tradicionalmente se ha reprochado a Platón el hecho de
alejarse mediante la especulación de forma excesiva de los problemas
estrictamente socráticos, por lo que siempre se había considerado preferible el
desapasionamiento que es marca característica de Jenofonte. Los estudiosos han
demostrado recientemente que ese desapego no es más que fruto de la falta de
cercanía a la problemática de la filosofía socrática.Entre
los socráticos menores debemos
destacar sobre todo la figura de Antístenes, del que sabemos más bien poco. En
su obra se acentúan lo0s rasgos normativos, éticos y prácticos de las
enseñanzas de su maestro (quizás debido a la influencia de los sofistas, del
que fue discípulo): se preocupa por la educación, por la autonomía del hombre
ético y por el concepto de virtud. Del mismo modo que Platón y Jenofonte, pone
en boca de Sócrates sus propias ideas.Con
gran esperanza fueron acogidos los testimonios de Aristóteles como fuente
histórica acerca de Sócrates por parte de los autores modernos. Pero estas
esperanzas también han quedado muy limitadas, sobre todo a partir de los
trabajos de H. Maier: Aristóteles recibe y acepta sin más la imagen de Sócrates
que Platón y Jenofonte le ofrecen.Las
fuentes posteriores combinan datos
procedentes de los socráticos con la invención interesada (un nuevo elemento
que entra en la historia de la filosofía a medida que ésta se desarrolla).
Especial importancia en la deformación socrática tiene el peripatetismo,
incapaz, como por definición siempre lo es toda filosofía sistemática, de
entender adecuadamente toda filosofía distinta: Aristóxeno, por ejemplo, nos
habla de Sócrates como un libertino, bígamo y usurero. Más tarde, entre los
cristianos, Sócrates alcanza gran relevancia: su optimismo racionalista fue
visto como precursor del cristianismo y, de ese modo, sus ideas fueron puestas
en concordancia.En
general la figura de Sócrates ha sufrido innumerables cambios a lo largo de su
historia, todos ellos en función de los intereses predominantes en el momento:
«La humanidad ha visto, a partir especialmente del siglo XVIII, un Sócrates ya
metafísico, ya dialéctico escéptico; ya racionalista y crítico, ya piadoso y
místico; ya individualista e ilustrado, ya sometido; ora científico y
especulativo, ora práctico. Y así las contraposiciones pueden alargarse hasta
el infinito.» (pp. 52-53).Capítulo II. Genio
de Atenas.No es posible el estudio de
Sócrates dejando a un lado su ciudad, Atenas. Resulta imposible entender a
nuestro filósofo y su pensamiento sin tener en cuenta los problemas y
especiales características del lugar donde habitaba (un lugar que no abandonó
en toda su vida salvo por razones religiosas o militares). Ejemplo de su
peculiaridad es el error que cometeríamos al considerar la democracia ateniense
como algo progresista y revolucionario. Todo lo contrario, se trata de la forma
política más arraigada en la tradición de Atenas. Son, en cambio, los tiranos
del siglo VI y los jóvenes libertinos de los siglos V y IV los que representan,
junto a los críticos de la democracia, la política verdaderamente revolucionaria
y progresiva.La Atenas en la que Sócrates
desarrolla su actividad filosófica es una ciudad que ha alcanzado su mayor
momento de plenitud y que acaba de entrar en una época de decadencia, se trata
de una situación que Tovar califica de «crisis
decisiva». En los años centrales de su vida se produce una ruptura del lazo que une al hombre con su
ciudad. En esta situación Sócrates cumple un papel sumamente paradójico: en
un intento de salvar a los atenienses de los excesos del individualismo, nuestro
filósofo se convierte en la individualidad más fuerte de toda la ciudad. Según
Tovar a Sócrates se le debe el hecho de que el espíritu de Atenas no se haya
extinguido más rápidamente: Sócrates, según el autor, «tuvo el valor de ser
cobarde», es decir, vio la necesidad de poner
freno en la carrera hacia el racionalismo que jonios y sofistas habían
puesto en marcha. Su tarea lo transformó en un personaje poco agradable para
los demás el cual, del mismo modo de Solón (pero en este caso desde el plano de
la moral), no duda en atacar al pueblo con injurias y cantarles las verdades
para lograr o mantener la corrección y elevación de la ciudad. Esto no debe
llevarnos a considerar a Sócrates como un personaje reaccionario que se
considera a sí mismo en una época indigna y degenerada, pero tampoco debemos
pensarlo como un vulgar acomodado, más bien se trata de una figura causante de
inquietud para los atenienses debido a su profunda preocupación por el devenir
de la ciudad, por la progresiva pérdida del ideal que Solón denominaba eunomía: «Se trata de que los ciudadanos
no se vean obligados a altos tapiales para defender sus propiedades, ni tengan
que encerrarse en el último rincón de su casa, sino que disfruten en la plena
comunidad ciudadana, de una vida en la que el individuo no se separe de los
demás, ni se vea obligado a rodearse de una hostil cerca.» (p. 65).Capitulo III. Cañamazo de datos.Sócrates nos cuenta que en la
Atenas que conoció vivían alrededor de unos doscientos mil habitantes (aparte
de los esclavos). También sabemos de su propia boca que su madre, llamada
Fenáretes, era partera (tras haber quedado viuda) y que su padre, Sofronisco,
era un escultor de taller, un artesano. Tenemos que, de ese modo, Sócrates no
nació entre la aristocracia, su padre era una bánausos, un artesano dedicado a un trabajo servil. La pregunta que
entonces se hace Tovar y nosotros con él es: ¿por qué Sócrates no se dedicó a
la escultura? ¿Qué lo llevó a desencantarse de la tradición familiar? Tovar
supone que las innovaciones en materia de arte durante la época de Sócrates
habían reducido al artesanado arcaico a algo rudimentario, repetitivo y tosco.
Algo definitivamente anticuado. Ponerse al día en lo referente al oficio
paterno pudo haberle otorgado su primer punto de contacto con la teoría, ¿por
qué entonces, se pregunta Tovar, no dar un paso más y acercarse directamente a
la especulación filosófica?Tenemos muy pocos datos
acerca de la juventud de Sócrates
incluso aunque prestemos atención a las falsas anécdotas y chismorreos. Los
peripatéticos le acusan de poseer una naturaleza llena de pasiones y de malas
tendencias: colérico, usurero y dominado por deseos sensuales. Algunas de esas
acusaciones, como la de avaricia, son simplemente absurdas. En cuanto a su
carácter colérico, queda desmentido en numerosas ocasiones como, por ejemplo,
en las anécdotas que lo muestran soportando el carácter colérico y brutal de su
esposa Xántipa. Otras de las falsas acusaciones que se achacan a Sócrates fue
la de bigamia, se trata de un molesto chismorreo que proviene a su vez del
debate acerca del escaso relieve que tendrían en el futuro los hijos de
Sócrates (del mismo modo que se había criticado a los hijos de Pericles o a los
de Temístocles).Más atención presta Tovar a
las relaciones homosexuales de
Sócrates. Los biógrafos nos muestran por un lado a un Sócrates que se deja
llevar por un temperamento bajo y sensual, mientras que por otro nos habla de
un Sócrates partidario en el amor del apartamiento y la abstención, considera
que el amor es un riesgo y una locura que hace al hombre esclavo. Para Tovar
ambas visiones pueden tener algo de verdad. En el Banquete de Platón
encontramos la famosa historia de que Sócrates despreció a Alcibíades, para
Tovar es una muestra de que, a pesar de su dominio sobre las pasiones, el
maestro no estaba libre de ellas. Se trata del dominio de sí mismo, una idea que fue por primera vez introducida
por nuestro autor en una época, además, en la que resulta de especial
importancia (debemos de pensar en los excesos llevados a cabo por Critias o
Alcibíades, por ejemplo). Es ese dominio heroico de uno mismo el que hace
salvar la vida cultural del mundo antiguo.Este dominio de sí mismo (que
Tovar lo considera el carácter moderno de Sócrates) queda patente en el desprecio de las riquezas del maestro. A
diferencia de los sofistas, Sócrates no estaba interesado en sacar dinero de
sus enseñanzas. Pero, ¿cuál era la situación económica del filósofo? Aunque
Sócrates no miraba con buenos ojos los socorros que el estado democrático ponía
a disposición de los ciudadanos por asistir a la Asamblea y tomar parte del
Tribunal, debemos señalar que gracias a esa elevación de los artesanos y los
ciudadanos pobres Sócrates llega a la condición de verdadero hombre libre.
Sócrates vivía gracias a la renta de setenta minas que constituían los ahorros
de su padre, una renta que le permitía servir en el ejército de hoplita (es
decir, lo sitúa en la clase media). Sin embargo, esta situación económica
empeora considerablemente al final de su vida, sobre todo a partir del
matrimonio encontramos numerosos testimonios de la pobreza de Sócrates.¿Cuándo toma Sócrates conciencia de su misión? Los autores
modernos suponen que su celebridad comenzó en Atenas cuando se destacó en el
sitio de Potidea, salvando la vida de Alcibíades, en esta campaña así como en
otras en las que luchó (Delión o Anfípolis), Sócrates da muestras de gran
resistencia a las penalidades de la guerra, conservando el valor y el dominio
de sí mismo en todo momento.Para finalizar con este
capítulo, Tovar nos ofrece algunas impresiones acerca de la ironía socrática. Según Aristóteles, dos
rasgos caracterizan a los ironistas: hablan quitándole a todo importancia (con
lo que ganan la simpatía de los otros) y suelen dedicarse a criticar la opinión
común. Ambos rasgos son cumplidos por Sócrates. Cuando más duro se mostraba
Sócrates, menos parece sentirse cercano a la verdad, excepto de que la duda
está más cercana a la verdad que la falsa certeza. La ironía socrática era,
además, su disfraz ante las reservas de las novedades que traían su siglo. Pero
estos rasgos no restan misticismo a su pensamiento: era capaz de dejarse llevar
por la abstracción más sublime y de sentir gran indiferencia hacia lo corporal.
Capítulo IV. La filosofía entra en Atenas.
Tovar nos presenta a Sócrates
como un pensador bisagra, es decir, un filósofo que vive en un momento de
profundo cambio, entre dos aguas de pensamiento: es el paso del mito y la
leyenda a lo humano y comprobado. La filosofía, nos dice Tovar, no pudo nacer
en Atenas, tan arraigada en las costumbres y tradiciones ancestrales. La
filosofía nace en las colonias, donde los hombres eran libres por su desarraigo
y por haber nacido en una sociedad más abierta y desarticulada. Solo más
adelante, cuando las cosas cambiaron bastante, cuando Atenas se convierte en el
centro espiritual de la vida griega (en plena madurez de la tragedia, de la
vida política, etc.), un filósofo como Anaxágoras
comprendió que el futuro de la filosofía estaba en esta ciudad. La gran
intuición de este filósofo presocrático fue la de llevar a la gran polis su
idea del nous como principio
inmaterial. A pesar de que pasó la gran parte de su vida transcurrió en Atenas,
el pueblo siempre consideró a Anaxágoras como un extraño, sobre todo debido a
su independencia en materia religiosa. Tan solo es entre la alta sociedad, que
empezaba a desligarse de la vida comunal de la ciudad, donde nuestro filósofo
encuentra su lugar.
¿Cuál fue la relación entre Anaxágoras y Sócrates?
Aunque los testimonios son poco claros al respecto parece que podemos afirmar
con seguridad que Sócrates no fue discípulo directo de Anaxágoras. Las
doctrinas de éste último parecen haber llegado a nuestro filósofo a través de
un tal Arquelao que Tovar considera como hecho a medida para servir de nexo
entre la filosofía jonia y la de Atenas. Son varios los testimonios que
presentan a Arquelao como maestro de Sócrates. Con este maestro empapado de los
tópicos de los físicos el joven Sócrates inicia su andadura en la filosofía
(alrededor de los diecisiete años) hasta que se da cuenta de la insuficiencia
de dicho pensamiento, de sus límites. En el diálogo platónico Critón nos habla de cómo fue consciente
de esos límites y cómo dio inicio a una «segunda navegación»: la que lo
llevaría a buscar el fundamento y la explicación del bien. Como nos dice Tovar,
«era el momento de hacer bajar la filosofía del cielo.» (p. 128).
Existe además un riesgo que
diferencia profundamente a Sócrates de los filósofos jonios: el problema de la diferenciación. Mientras
que éstos últimos trataron sobre todo de singularizarse, de mostrarse como
seres aparte, Sócrates, haciendo suya la norma de los siete sabios, procuraba
no diferenciarse del resto de la gente. Ahora bien, su condición de filósofo no
le permite ir por ese mismo cauce: «Sin embargo, algo fatal pesaba sobre su
vocación de filósofo, y Platón lo ve muy bien: ni la riqueza le entusiasma, ni
concede valor al abolengo, y las gentes se ríen del filósofo, ser aparte y
distinto, y aún más que reírse: un filósofo se hace motivo de ira para el
pueblo, como Tales lo fue para su criada.» (p. 133).
La facilidad crítica de los
filósofos jonios los conduce irremediablemente al escepticismo. Una desconfianza en la razón que no trata de ninguna
manera de ser superada, sino que cae en la resignación (algo que queda
acentuado mucho más en la segunda generación de filósofos jonios).Es esta
superación del escepticismo la que lleva a Platón a calificar de doxa las afirmaciones que los jonios y
los sofistas habían calificado de episteme,
de científicas. En esa actitud hay que ver el afán de exactitud que siempre había caracterizado a Sócrates, un
afán que le llevó a abandonar las sublimes especulaciones para centrarse en una
actitud modesta y contemplativa: la ética orientada hacia la propia conducta.
Esta renuncia a los demás saberes no impide en cambio a Sócrates poseer una gran confianza en el razonamiento lógico.
En definitiva, Sócrates
encarna el momento único de la entrada de la filosofía en Atenas. Tras él, la
ciudad pierde el contacto científico con la realidad y renuncia a la
curiosidad, quedando simplemente en un cultivo rutinario y profesional de la
filosofía.
Capítulo V. Sócrates en la religión helénica.
Es en el terreno de la
religión donde hay que buscar la clave de Sócrates según Tovar. El fundamento
de la religión está ligado para el maestro a las divinidades del lugar, la
veneración a los viejos cultos, especialmente a los heredados de los padres.
Esta sumisión no debe ser confundida con la superstición hipócrita de la que
hace gala Platón en las Leyes donde
trata de sacar provecho de la utilidad política que puede tener la religión. En
Sócrates encontramos en cambio una religiosidad espontánea y fiel, íntima y
personal.
Dos corrientes contrarias agitan
desde el siglo VI la religiosidad helénica: la corriente legalista y la corriente
interiorista y mística. Sócrates es un firme partidario de la primera: «El
que sabe la manera legal de honrar a los dioses es el que les honra
debidamente, con justicia. Ese es el verdadero hombre piadoso.» (p. 148). Este
legalismo, esta exterioridad, estaba en el autor que estamos estudiando
complementada con una religiosidad personal en un equilibrio difícil de
comprender para los hombres de su tiempo (que le acusarían de hipocresía) e
incluso para nosotros. A diferencia de los filósofos jonios (pensemos e
Jenófanes, por ejemplo), Sócrates acepta toda la tradición religiosa, desde
Homero y Hesíodo hasta la religión tradicional, sin el mínimo de crítica, en
una muestra de la superación de un racionalismo ingenuo y optimista que es
propio de los filósofos anteriores. Tovar nos dice que pone en la piedad una frontera a la razón.
El filólogo español destaca
la labor de Sócrates en cuanto factor de progreso
religioso. La clave de nuevo se encuentra en el equilibrio: fue capaz de
asimilar la filosofía racional jonia para utilizarla, no con fines
destructivos, sino para tratar de elevar la religión desde su estado primitivo.
En ese sentido, Sócrates concibe la idea del dios escultor u ordenador, que inaugura el camino para la idea
teística del Dios único: el mundo le parece bien hecho y los seres humanos bien
construidos, eso le habla de un dios benévolo que ama la vida y que aborrece la
muerte. Por otro lado, Sócrates lleva los dioses antiguos a la conciencia, es decir, convierte en moral
la religión heredada, haciendo del legalismo imperante en su época una cuestión
interior. También se encuentra en Sócrates, según Tovar, una crítica del politeísmo tradicional (por
la dificultad de establecer el concepto de justicia debido al gran número de
dioses con pareceres contrarios), también el juicio negativo hacia la creencia
tradicional de hacer a los dioses independiente de lo pío y lo impío, además de
la crítica hacia la relación utilitaria de los hombres con los dioses. Aunque
muchas de estas ideas no fueron planteadas por Sócrates en primera instancia,
el pueblo de Atenas, con la sensibilidad exacerbada tras las tremendas
convulsiones políticas de los años finales de la guerra del Peloponeso, se
mostraba especialmente sensible hacia todo intento de modificar la religión
siendo por ello incapaz de reconocer a sus dioses tradicionales en la elevación
que trataba de llevar a cabo Sócrates, por lo que terminó por volverse en su
contra y por llevarlo a la muerte.
Pasamos a analizar a
continuación la relación de Sócrates con la religión
de Apolo. Son muchos los testimonios que nos hablan acerca de una relación
que se palpa, por ejemplo, en el hecho de que la misma base de toda
religiosidad socrática descanse sobre el respeto a las normas tradicionales de
la ciudad. Todavía es más importante esta dependencia si atendemos a su
relación con el Oráculo de Delfos.
Tovar nos habla acerca de la profecía
que el oráculo dió a Querefón y nos muestra cómo dicho mensaje se convierte en
máxima de vida para el filósofo griego, en conciencia de su misión (una
verdadera «conversión» de tipo religioso).
En resumidas cuentas: «Sobre
un fondo angustioso y desesperado, Sócrates renovó y elevó la religión helénica.
Se inclinó marcadamente hacia la corriente legalista y apolínea, pero con un
respeto total hacia el conjunto de la religión popular. Buscó el contacto lo
más directo posible entre el hombre y la divinidad. Moralizó la religión, al
establecer con decisión el carácter moral de los dioses -aún rozando en este
punto declaradamente los sentimientos religiosos populares.» (p. 172).
Capítulo VI. El uso de la razón.
Cuando los sofistas habían
introducido el dominio del pragmatismo y lo relativo, asistimos a la búsqueda
por parte de Sócrates del completo absoluto, de la verdadera filosofía y de la
verdadera ciencia.
La base de la doctrina socrática se encuentra en el siguiente
principio: no hay sino un bien, el
conocimiento, y un mal, la ignorancia. Ese mismo principio, nos dice Tovar,
es la base se su optimismo: el logos,
la razón, no es simplemente un instrumento, sino una realidad autónoma que se
impone a la mente y la arrastra y que pone al hombre en contacto con un mundo
más alto: el mundo racional. Sócrates descubre la validez universal y absoluta
del pensamiento, un descubrimiento que hizo posible la ciencia.
El método mayéutico es el método mediante el cual Sócrates pretende
aproximarse con la razón individual a esa misteriosa razón que existe por sí y
cuyo descubrimiento es el fin del saber, un saber que conduce a la felicidad.
Sócrates se compara con una partera que trata mediante el diálogo de descubrir
la verdad en el alma de los otros. Esta mayéutica tiene algo de magia, Sócrates
confiesa que las verdades a las que llega no son suyas y que, por otra parte y
aunque asombrosas, no son más asombrosas que el niño que ayuda a traer la
partera. En ese sentido la mayéutica muestra la doble dimensión de la modestia socrática, una modestia que
desde el plano filosófico resulta especialmente interesante puesto que en ella
se fundamenta la famosa sentencia: «solo sé que no sé nada», resultado de una
fundamental desconfianza: Sócrates no quiere hacerse ilusiones de que sabe algo
cuando en realidad nada sabe.
No debemos caer en el error
de pensar que el saber racional era lo único que interesaba al conocimiento
socrático: existe una corriente
irracional, profunda, que se manifiesta en la vida griega y que también
está presente en Sócrates. Tovar vuelve a insistir en la misma idea clave:
Sócrates sabe situarse en un término medio entre ambas corrientes, supo ver con
una anticipación y claridad propias de un genio los peligros del exceso del
racionalismo que, como una epidemia, se extiende entre la juventud de la Atenas
del siglo V (una epidemia que los filósofos jonios y los sofistas ayudaron a
extender con su labor educativa). Sócrates trata de evitar esta expansión (o
por lo menos de retardarla en todo lo posible) de la razón libre y sin respeto
por lo tradicional, es consciente de que la filosofía no puede ni debe
sustituir a la vieja religión por eso elige la difícil vía del término medio
que consiste en la racionalización de lo tradicional y en la conciliación de lo
racional con la tradición.
Capítulo VII. La educación del hombre.
Resulta ser una visión
bastante lúgubre de la educación la que nos ofrece Tovar en este capítulo que
pasamos a comentar, definiéndola como un proceso de represión que conduce a la
falsedad. Este proceso educativo se contrapone con el ideal del héroe homérico
que destaca or su viveza y por su espontaneidad. Muchos filósofos antes que
Sócrates de la cuestión educativa, el pitagorismo destaca sobre el resto,
introduciendo un régimen de vida racional frente al régimen religioso y
tradicional. Dicho racionalismo contribuiría irremediablemente a la disolución,
al desarraigo del hombre con respecto a su tierra natal.
En época de Sócrates la
educación es sentida casi como una necesidad, si no verdadera, al menos con
múltiples ventajas prácticas (salir de apuros jurídicos principalmente). Los sofistas atendían a esta necesidad
ofreciendo un saber práctico. Sócrates, por su parte, se confiesa un educador,
y aunque comparte con los sofistas algunos puntos de vista en común: el hecho
de considerar la educación como aspecto clave o dar preponderancia a la
enseñanza oral sobre el estudio de los libros (un parecido externo que llevó a
muchos a considerar a Sócrates como un sofista más), se diferencia de estos en
un aspecto crucial: en el hecho de no ofrecer un fin práctico, ni considerar
utilidad práctica alguna en su enseñanza, sino todo un modo de vida. La clave
de su orientación educativa está en el viraje hacia la ética, esa es según
Tovar su principal innovación en filosofía. Sócrates va más allá de los sofistas
que trataban de sobreponer la educación a los instintos y pone las bases para
el desprecio de las cosas hermosas y tentadoras, de todo lo que no fuera
absolutamente necesario, se convierte de este modo en modelo de la renunciación. Se trata, nos dice Tovar,
del resultado de una reflexión sobre la vida misma que es signo de un cambio
hacia lo enfermizo y débil.
Debemos apuntar que en
Sócrates la educación está en estrecha
relación con las leyes de la ciudad. Para los hombres formados bajo la
cultura racional se abría por primera vez la opción de contraponerse a todas
las leyes y costumbres de la ciudad, esta oposición entre la herencia del
hombre y la elevación que le procura la razón es vivida y resuelta por Sócrates
con una mesura que según Tovar será difícil que vuelva a repetirse. Tras él,
Platón, por ejemplo, cae en el error de reducir la vida a esquemas demasiado
lógicos. Diógenes despreciará la educación tradicional conduciendo a sus
discípulos a un ideal de ascetismo sin objeto a partir del cual el filósofo se
sentía por encima de todo, capaz de reírse del mundo y sus vanidades. Debemos
esperar hasta Epicuro (el más ateniense de los filósofo éticos) y a su protesta
contra la pedantería y los excesos de lo0s filósofos profesionales: «Huye, ¡oh feliz
amigo!, de toda educación.»
Capítulo VIII. Sócrates y los sofistas.
Sócrates muestra, del mismo
modo que el resto de sus contemporáneos, una mezcla de sorpresa y admiración
ante el orgullo y la seguridad de los sofistas. Frente a esta petulancia destaca,
según Tovar, la humildad de Sócrates. Sin embargo, en el tiempo de Sócrates, no
resulta fácil distinguir a los sofistas como más tarde resultará hacerlo en
tiempos de Platón. Tovar nos muestra algunas diferencias fundamentales entre Sócrates y los sofistas:
a) Los sofistas se hacen pagar pos sus lecciones, y una cantidad
bastante elevada además.
b) Los sofistas buscan a
jóvenes a los que modelar el alma entre los jóvenes
ricos y acomodados de la sociedad. Esa búsqueda se convierte en una
auténtica caza.
c) La tercera diferencia se
encuentra en la ambición de lograr la
verdad que tienen unos y otros. El sofista cultiva un arte de la
apariencia, está dotado de una ciencia de la opinión, y no una ciencia
verdadera: «es la suya un arte engañosa, contraria, en términos técnicos, a las
cosas del ser, no propia de los que saben, sino de los que imitan, y cree saber
lo que solo opina.» (p. 230). La dialéctica
es, en cambio, la búsqueda de
Sócrates de una salida a esta frivolidad sofística.
d) La cuarta diferencia entre
Sócrates y los sofistas se encuentra en el rigor
intelectual. Los sofistas reducen la certeza a mera probabilidad (Platón se
quejará más tarde de que dejan incluso a la matemática sin base), Sócrates en
cambio basa toda su labor intelectual en una búsqueda de lo permanente, lo
general, lo reglado y normal. Tovar
señala un punto interesante, y es que no hay en su base una diferencia
fundamental entre la dialéctica de Sócrates y la que utilizaban los sofistas,
lo radicalmente distinto era la finalidad a la que uno y otro la aplicaban:
para Sócrates no era un juego frívolo como para los sofistas, sino todo un
método para conquistar ese misterio que es la verdad.
e) Pero sin duda era en la actitud práctica donde se encuentra la
principal diferencia entre Sócrates y los sofistas. Los sofistas siembran de
dudas a los jóvenes acerca de las cosas divinas, las leyes y las instituciones
de la ciudad. Y, sobre todo, hacen creer a esos mismos jóvenes que son los más
sabios de todos. Sócrates, por su parte, se postula como un defensor de la
vieja moral, de la tradición. En la paradójica posición que adopta nos lo
encontramos tocando las mismas fibras sensibles que los sofistas, pero no en un
anhelo de destrucción sino en un intento de elevación, de depuración de la más
alta religiosidad. Gracias al espíritu socrático la tradición, que debido a los
sofistas empezaría a parecer superficial, volvió a alcanzar las viejas
profundidades que le hacían ser tan superior a la razón.
Hasta ahora Tovar se ha
referido a la oposición entre Sócrates y los sofistas en los temas más
elevados, a continuación pasará a tratar las diferencias en el estilo de vida. La primera de ellas, la más
palpable, la que sus discípulos pusieron de manifiesto con más insistencia para
salvaguardar la memoria de su maestro, se encuentra en el hecho de no cobrar por dar sus lecciones. Tovar
nos habla de la codicia de los sofistas en oposición al desinterés por todo lo
relativo a lo material que muestra Sócrates. Otro rasgo que resulta
diferenciador es el afán de verdad:
frente a la seguridad del sofista en sí mismo y en sus posibilidades, Sócrates
vive en una continua insatisfacción,
en un andar errante y vacilante hacia la verdad. Ese estilo de vida lo mantuvo
en constante vigilancia, dejando, de tal modo, el nombre de sabio para los
sofistas y tomando para sí el de filósofo. Por último, debemos contraponer la
relación que uno y otro guardan con Atenas: aunque los sofistas no se sentían
desarraigados de la ciudad (tal y como ocurre con los filósofos jonios), su
relación distaba mucho de la veneración por la patria que sentía Sócrates. En
este punto se encuentra la diferencia
fundamental entre Sócrates y los sofistas: «Pero si queremos buscar la
diferencia entre Sócrates y los sofistas (y también el abismo que le separaba
de los jonios), la clave de todo y la raíz del genio socrático están en el
descubrimiento que él hizo (y que no manifestó en ninguna proposición,
discurso, poema o símbolo, sino con su vida entera y su muerte) de que el
hombre no nace libre, sino dentro de la historia, vinculado a una ciudad. Todo
eso que rodea a un hombre, familia y sangre, religión y vecindad, todo eso que
sin tendenciosidad ninguna podemos llamar la ciudad de sus padres, es lo que sitúa
al hombre sobre una raíz.» (p. 251). Esta es una diferencia que resulta tanto
más patente cuando la cotejamos con sofistas atenienses como Antifón o Critias,
sofistas que, por el mismo hecho de ser atenienses, deben ser sofistas con
mayor radicalidad ya que encontraban más cosas en sí mismo y alrededor contra
las que reaccionar.
Capítulo X. El demonio socrático.
Tovar pasa a analizar en este
capítulo la figura del demonio socrático,
el daimon. El demonio en la religión helénica tiene unos contornos ambiguos y
difusos, entre los que el significado de destino parece prevalecer sobre el
resto, aunque influenciado por mitologías extranjeras. Cuando se desarrollan
las primeras las primeras teologías, ordenadoras de dioses, queda en un lugar
intermedio, sirviendo de vínculo, de nexo de conexión entre dioses y hombres.
Más tarde, la interpretación racional procura disolver el carácter divino del
daimon reduciéndolo a mero carácter personal, este proceso tiene la
consecuencia de atribuir un daimon a cada persona.
Sócrates, por su parte, tiene
en cuenta las viejas como las nuevas creencias en lo referente al daimon:
cuenta con un demonio propio, pero no llega a disolverlo hasta el punto de
considerarlo como carácter personal. A tener en cuenta también es el hecho
de que el maestro consideraba su daimon
no como algo normal sino como una especial particularidad suya: era su vínculo
personal con la divinidad. La consideración que a continuación hace Tovar sobre
el daimon y el tiempo en que vive Sócrates resulta muy interesante y trataré de
exponerla con la máxima claridad que sea posible: Tovar considera que el tiempo
en el que Sócrates vive es un momento de gran cambio y confrontación; una de
las luchas que en este momento están teniendo lugar es la llevada a cabo por el
demonio para retener al hombre en la oscuridad primitiva frente a la incipiente
luz de la razón que cada vez se presenta con mayor fuerza. Sócrates, como en
otros aspectos de este mismo problema (un problema polifacético, como vemos)
procura guardar el equilibrio entre ambas tendencias. En el fondo no se trata
más que el intento de un sabio por mantenerse virtuoso en una época de profundo
cambio y transformación: a través del daimon Sócrates podía, situado en su
atalaya de la razón, guardar el contacto con el mundo subterráneo, lugar del que
provenía la energía de la cultura griega. Su posición racional le permitía no
caer en los abismos de lo demoníaco e irracional, pero ese demonio también
suponía todo un límite a la razón, un freno con el que evitar que la dialéctica
se adentrara en las cuestiones del espíritu. «Así resolvió Sócrates el problema
de la Escila y Caribdis de la religiosidad antigua, pues no se dejó arrastra
por lo demoníaco, ni cayó en la superficialidad impía de prescindir de ello.
Quienes se entregaban plenamente a la religión sucumbían a ello, quienes salían
de ella se esterilizaban. La religiosidad antigua no prescinde del todo de un
sentido demoníaco, pero a medida que la religión antigua decrece, el sentido
mágico, demoníaco, crece.» (p. 269).
Capítulo x. Los amigos.
La amistad es el tesoro más preciado para Sócrates, hasta tal punto,
nos dice Tovar, que tan solo en el diálogo con sus amigos su pensamiento
alcanza plena actividad. Sócrates fue el último en reconocer a sus discípulos
en cuanto tales, los consideraba como amistades, no tomó nunca aires de
maestro. Es su gran manejo del diálogo lo que consigue granjearle la amistad de
los más jóvenes. Sócrates prefiere la frescura e ingenuidad de éstos sobre la
búsqueda de utilidad de los adultos. Dos son las generaciones de discípulos
socráticos principalmente: la primera, que puede encuadrarse en la primera
mitad de la guerra del Peloponeso y, la segunda, la de los últimos años de su
vida. Tovar pasa revista a los discípulos que componen cada una de estas
generaciones:
El discípulo más antiguo de
Sócrates del que tenemos noticias es Euclides,
un hombre de amplia curiosidad filosófica. El hecho de que eligiera a Sócrates
a comienzos de la guerra del Peloponeso nos habla del prestigio y notoriedad
con que contaba el maestro ya en este momento. También de esta generación es Critón, un amigo fiel de Sócrates, de su
misma edad y muy hábil en los negocios. Tovar nos muestra cómo este discípulo
se ocupaba de la vida material del maestro: de su alimentación y de sus
finanzas. Otros de los seguidores más antiguos es Antístenes, fundador del cinismo, que intentó ser heredero y
director principal de la corriente socrática tras la muerte del maestro. La
huella de Sócrates en Antístenes es visible sobre todo en su atención a la
educación y en su tendencia a la vida ascética. Para Tovar, Antístenes
resultaba demasiado moderno y disolvente, justo en la misma línea que Sócrates
trató de evitar. También debemos hablar de Calias,
al que Tovar considera como representante de la frivolidad y del amor a la
novedad que era propio de la Atenas de ese tiempo, a Querefón y su hermano Querécrates,
el primero es especialmente importante por la consulta al oráculo de Delfos que
proclama a Sócrates como el hombre más sabio de Atenas, también Apolodoro, un personaje más religioso
que filosófico que sigue a Sócrates tras una especie de conversión.
Dos son los problemas
principales a la hora de conocer las amistades de Sócrates: en primer lugar al
falta de historicidad de la literatura socrática, más preocupada de lo típico
que de lo anecdótico (ejemplo de ello son las conversaciones de Sócrates con
Teodota o Aspasia). En segundo lugar nos encontramos con relaciones reales pero
que se encuentran interesadamente desfiguradas (aquí la figura de Alcibíades
destaca sobre el resto).
Pasemos a tratar acerca de
las nuevas generaciones, unos
discípulos presididos por Aristipo,
el primer extranjero que acude a Atenas atraído por la fama de Sócrates. Sin
embargo, ejerce como sofista y Platón alude a su ausencia durante el juicio y
la condena de Sócrates a causa de un alejamiento entre maestro y discípulo. Los
socráticos lo consideraban un traidor. Otros discípulos de esta segunda
generación no quedan tan bien dibujados, por ello apenas podemos decir algo de Hermógenes, Menexeno, Simón, de los
tebanos Simias y Cebes, de Tersión de Megara,
Esquines de Sphettos, Critóbulo, Cármides, Glaucón o Adimanto. Entre todos ellos destaca sin
lugar a dudas el último y más grande: Platón,
un joven de veinte años, de noble familia, que pretendía la gloria como poeta
trágico y que, al escuchar a Sócrates quemó sus poemas y se puso a seguirle.
¿Qué aprendió Platón de Sócrates? Tovar lo expone del siguiente modo: «lo que
Sócrates enseñó a Platón fue sustancialmente la gravedad religiosa y política
con que se cargaban los diferentes saberes filosóficos. Más que enseñanzas
filosóficas, lo que Sócrates confirió a Platón es la actitud que impedía que
esos saberes se hicieran cosa frívola, ligera, de ganar dinero o satisfacer la
vanidad.» (p. 295).
Capítulo XI. Moral socrática. La política.
La moral socrática resulta
especialmente destacable por la fusión y unificación
entre sabiduría teórica y práctica. La paradoja socrática afirma que el que
conoce el bien no puede menos que practicarlo porque de no hacerlo demostraría
que no lo conoce; esto es, nadie busca el mal en cuanto tal.
Para Sócrates el recto
proceder arranca del conocimiento perfecto: conocer la virtud de esta manera
nos hace virtuosos, del mismo modo que conocer la medicina nos convierte en
médicos. Sócrates tiene, en ese sentido, un mismo orden de preocupaciones que
los sofistas: distingue como ellos entre la ley natural y la ley de la ciudad
(decantándose por esta última) y se preocupa por el problema de si es posible
enseñar la virtud. Tovar nos muestra que su rigor al acercarse al mundo moral
prepara la renovación metafísica de Platón y conduce (debido a que sus
discípulos pasaron por alto las cautelas socráticas) a un empobrecimiento de la
moral tradicional al racionalizarla. Según Tovar, en Sócrates había un perfecto
equilibrio entre razón y tradición que en este campo de la moral, como en
otros, resulta fascinante para sus seguidores los que, sin embargo, son capaces
de mantenerlo, decantándose por un lado u otro de la balanza: Antístenes, por
ejemplo, opta por el lado tradicional (vida ascética) mientras que otros como
Platón se decantan por una vertiente fundamentalmente racional.
Existe una diferencia
fundamental entre la ética socrática y las éticas posteriores, mientras que
éstas tienen como fin último la felicidad, eudaimonia,
para Sócrates el fin de la justicia es la justicia misma, la felicidad no es
entonces más que un añadido. También se diferencia la ética socrática en el
hecho de que parte de un conocimiento humanístico, se encomia el arte de
conocer a los hombres.
La ética de Sócrates no es un
sistema porque mantiene en su base una inclinación religiosa basada en el
descubrimiento de que es necesario que los dioses sean morales y de que se
sitúen en el interior de la conciencia. Con ello, nos dice Tovar, se
pensamiento se convierte en oposición a las fuerzas degeneradoras que los
filósofos jonios y los sofistas representaban: «Frente a estas nuevas
corrientes, Sócrates sentaba principios tan elevados como el de considerar desgraciado
al tirano que triunfa, o el de preferir que la injusticia venga sobre uno mismo
antes que cometerla.» (p. 311). Con la ética socrática se inicia, en ese
sentido, la relación entre moral y religión. Ahora bien, esto solo ocurre en
germen, no debemos cometer algo parecido a la idea de salvación del
cristianismo en Sócrates porque estaríamos modernizando en exceso su
pensamiento. Para éste la ética constituye más bien una especie de prólogo, una
preparación en su doctrina del conocimiento.
Sócrates se diferencia de
todos en su actitud política; toma conciencia rápidamente de que ocuparse de la
política es entrar en lo que Tovar denomina «lo más delicado de las fuerzas
creadoras», por ello se opone, por una parte, al alejamiento de la política que
practicaban los jonios, negándose por otro lado a participar en política, pues
consideraba que su papel estaba más bien en despertar el sentido moral del
deber político aferrándose a la ciudad como primer móvil ético en un mundo
profundamente quebrantado.
Capítulo XII. La ley de la ciudad.
En un momento de profunda
crisis, en una época en la que poderosas corrientes estaban llevando a cabo un
proceso de desarraigo del hombre, tratando de hacerle olvidad su condición de
«político» (es decir, de nacido y criado en una ciudad), Sócrates lleva a cabo
una vuelta a la ley de la ciudad como
norma ética primordial, comprendiendo que no había mejor guía de las
virtudes morales que la obediencia a los viejos y profundos instintos. Este
criterio es aplicado por Sócrates a la religión, así encontramos que su norma «que
cada venere a los dioses según la norma de la ciudad» que habíamos visto
anteriormente, es en el campo de la moral donde cobra especial importancia: «lo
que ordena la ciudad, eso es lo justo». Los sofistas habrían tratado de hacer
ver la fragilidad de la ley de la ciudad comparándola con la ley natural o
divina. Sócrates recoge este problema y procura darle una solución otorgando un
fundamento sagrado a las leyes de la ciudad.
Tovar pasa a analizar el
diálogo platónico Critón para poner
de manifiesto era para Sócrates la ciudad el resorte de la moral, la principal
justificación de la conducta. En este diálogo los discípulos plantean al
maestro la posibilidad de salir de prisión en cohecho con los carceleros. Esta
posible solución a sus problemas es vivida por el filósofo griego como todo un
problema de justicia: las sentencias de la ciudad son para Sócrates
indiscutibles. El hombre no puede colocarse de igual a igual frente a las leyes
del mismo modo que el hijo no puede hacerlo frente al padre o el esclavo frente
al amo. Según Tovar explica, es preciso tener presente el contexto histórico de
este diálogo para lograr comprenderlo de forma adecuada: nos situamos en plena
restauración de la democracia, cuando tras doce años de horribles desastres se
busca la razón de seguir existiendo como una ciudad. En este contexto, Sócrates
no puede retroceder, con su vida entera había tratado de mostrar la necesidad
de los lazos que ligan al hombre y la ciudad. De este modo lo expresa el autor:
«Sócrates se encontraba preso de su pasado, de su vida entera de obediencia a
las leyes, que en tiempos venturosos había aprendido a venerar, de sus
polémicas y predicaciones, de su abandono de direcciones intelectuales que le
habían interesado y tentado, y que él había sabido sacrificar a los intereses
supremos de la religación a la ciudad. Si había probado con toda esta conducta
que las leyes y la ciudad le satisfacían plenamente, ¿cómo iba, al final de su
vida, a evitar que las leyes dispusieran de él?» (p. 341).
Pero quien a ciegas se
resignaba a la sentencia de muerte porque eran sagradas las leyes que se le
aplicaban, sabía resistir a la injusticia.
Pensemos por ejemplo en la resistencia de Sócrates frente a la corriente
apasionada y sin juicio que condenó a muerte a los generales vencedores en el
combate de las Arginusas. La santidad de las leyes no viene dada para Sócrates
del hecho de ser una mística expresión del deseo del pueblo, sino de su nexo
con la justicia, por eso cuando la voluntad popular estaba dominada por la
pasión y la injusticia Sócrates prefería ser justo a dejarse llevar por las
amenazas.
Podemos ver, sobre todo desde
nuestra perspectiva histórica moderna, un formalismo en la sumisión socrática a
unas normas vagamente fundadas que, como resultó ocurrir al final de su vida,
podían llevar a la plena injusticia. Pero, como Tovar nos dice, en este hecho
se encuentra un fenómeno extraño para nosotros: la despersonalización del
individuo, la sumisión del hombre a todas las condiciones previas de su
existencia que la ley había garantizado. Del mismo modo que sus acusadores Sócrates
repetía continuamente «La costumbre es la que así dispone», sintiéndose
arrastrado por la ciudad, dominado y poseído como una criatura.
Capítulo XIII. El juicio. La muerte.
Se trata de un largo e
importante capítulo este que ahora nos toca comentar, en el que Tovar se acerca
a los motivos del juicio y la condena de Sócrates. No vamos a tratarlo con todo
detalle, sino que nos centraremos en algunos de los aspectos que considero más
importantes.
El juicio de Sócrates fue
como un palo de ciego que el pueblo de Atenas descargó en un momento de atroz
nerviosismo sobre la única persona que en ese momento supo mantener la frescura
y la calma frente a un pueblo cada vez más enfurecido tras haber pasado por
demasiadas revoluciones y cambios sangrientos. Sócrates es, en este contexto
político, visto como una seria amenaza para todos los ideales de la
restauración.
En nuestro comentario vamos a
centrarnos en las acusaciones contra Sócrates porque considero que a partir de
su análisis podremos entrever algunos puntos fundamentales del pensamiento
socrático. Dos cargos principales son los que se le achacaban a Sócrates:
corruptor de la juventud e impiedad, es decir, no creer en los dioses de la
ciudad e introductor de nuevos dioses:
a) La acusación de corruptor de la juventud. Con la acusación de
corruptor de la juventud no se le hace a Sócrates culpable de convertir en
viciosos a los jóvenes de Atenas, sino más bien todo lo contrario: se le acusa
de elevarlos demasiado, de hacerles entregarse a la razón, perdiendo de esa
manera sus raíces. Para entender mejor este primer cargo debemos acudir a uno
de sus acusadores, el principal y sobre el que se apoyan los demás, se trata de
Anito. En la familia de Anito es posible ver la huella de la disolución que se
está produciendo en el seno de la sociedad ateniense: su hijo había sentido la
tentación de seguir los pasos de Sócrates y dejar a un lado el negocio
familiar, es el conflicto entre la educación tradicional y la que traen consigo
los nuevos tiempos, la educación en la razón. Es por ello que Anito ve en
Sócrates el máximo representante de estos tiempos de disolución. Cuando,
durante el juicio, Sócrates trate de defenderse de esta acusación, afirmará que
él no tiene poder alguno sobre los jóvenes sino que son las leyes de la ciudad
las que deben mantener el orden antiguo, lo que está queriendo aludir al hecho
de que cuando las leyes eran algo santo e inconmovible podía hablarse de podía
hablarse de comunidad creadora, en cambio en esos días en que los desórdenes y
la falta de respeto a las leyes divinas y humanas era algo común, todo había
quedado entregado a la arbitrariedad de los hombres.
b) La acusación de impiedad. Se trata de una acusación más grave.
Según Tovar, sus demandantes no buscaban con esta acusación de impiedad la pena
de muerte para Sócrates, sino únicamente tratar de detener su labor como
educador y conseguir, de esa manera, atemorizar a los representantes de las
nuevas ideas. Durante el juicio, Sócrates tratará de oponerse al ateísmo de los
jonios con la irónica observación de que al creer en la existencia de su daimon particular cree en los dioses,
puesto que éste pertenece a una estirpe divina. Esta ironía nos impide conocer
lo que verdaderamente el maestro pensaba al respecto. Tovar considera que en
esta segunda cuestión se encuentra el
punto flaco de la defensa de Sócrates, es por ello por lo que las apologías
de Jenofonte o Platón se esfuerzan por ligar al filósofo griego a la religión
tradicional, una religión que muy seguramente no era capaz de cumplir con las
expectativas que le exigía el corazón socrático.
Para entender la concepción
religiosa de Sócrates es preciso analizar su desapego a vivir, la manera en la
que, en los últimos momentos, se enfrenta a la muerte. El maestro guarda un
difícil equilibrio entre religión heredada y razón, que resulta complejo de
entender para sus discípulos: »Era en la religión heredada donde Sócrates
buscaba la razón suprema para resistir a la desesperación que iba a invadir el
alma antigua. Y esto, sin dejar de afirmar, desconcertadamente, que el filósofo
debe acudir gozoso a la muerte. Sus discípulos no comprenden todavía bien las
dos cosas: si la muerte es deseable, ¿por qué no buscarla?; si no lo es, ¿Cómo
se explica la serenidad ante ella?» (p. 384). La filosofía de Sócrates se
presenta en estos momentos como una preparación
para la muerte por medio de la razón, como un desprecio por el instinto que
liga al hombre desesperadamente a la vida. Con ello, Sócrates estaba dando la
razón a sus acusadores, esa actitud nos lo muestra separado, individualizado
del resto de la ciudad, del mismo modo que lo estaban los errantes sofistas y
los filósofos jonios.
Capítulo XIV. Conquista filosófica.
¿Fue Sócrates un filósofo?
¿Tiene un puesto en la historia de la filosofía? Esa es la pregunta que
vertebra esta obra y a la que Tovar tratará de dar una respuesta definitiva en
este penúltimo capítulo.
La conquista filosófica de
Sócrates se estructura en tres momentos o partes fundamentales: el desarrollo
de la dialéctica, la ironía como freno al uso práctico del utilitarismo y el
eros o amor al saber que le proporciona el rigor intelectual. Los dos primeros
momentos constituyen una espacie de freno a la razón, la primera le concede, en
cambio, todo su impulso. Vamos a pasar a tratar cada uno de estos elementos
fundamentales del pensar socrático.
La ascensión de Sócrates a un
pensar filosófico se debe a la dialéctica,
que puede ser definida como el diálogo convertido en método. Se trata de una
reacción contra las ciencias particulares, especialmente contra la física
jonia. En Sócrates encontramos una progresiva desconfianza de la razón
abandonada a su desarrollo lógico autónomo, por ello el maestro tratará de
llevar a cabo una depuración de esa razón haciendo los resultados más limitados
pero de un mayor calado: su descubrimiento principal es que todo es movido por
lo que más adelante se denominaría una causa final, es decir, llega a la
conclusión de que del mismo modo que existe una razón que gobierna al hombre
existe una mente ordenadora que preside el cosmos. Es, como nos dirá Tovar, la
llave al monoteísmo y la providencia que vendrán posteriormente. Una de las
claves del uso de la razón que hace Sócrates está en el hecho de partir de un
criterio de desconfianza que le lleva a examinar las posibilidades humanas del
saber. Dicha desconfianza otorga un equilibrio a la filosofía, frente a los
excesos que habían llevado al misticismo y a la superstición a Pitágoras y
Empédocles o, por otro lado, habían conducido a la prematura entrega a la
ciencia positiva en Demócrito.
El patrimonio filosófico de
Sócrates no sólo está fundado en el hecho de señalar el valor de la razón a
partir del método lógico, sino que cuenta además con un segundo paso: una crítica al alcance y las posibilidades de la
razón misma. Su actitud irónica
es, según nos dice Tovar, una muestra de lo sumamente cauto que resulta
Sócrates en el manejo de la razón. La ironía en Sócrates tenía como finalidad
criticar la ingenuidad racionalista de los contemporáneos para, de ese modo,
salvar los fundamentos del conocimiento racional.
El Eros constituye el segundo elemento de la filosofía socrática que
quiere servir de contención a los excesos racionales, constituyendo un elemento
fundamental de su pensamiento. Este amor significa para Sócrates un afán de
conocimiento, pero no solo eso, supone el intento de propagación de ese amor al
saber a los demás. El amor a la sabiduría lleva implícito, por otro lado, una
búsqueda del rigor de la que quedan excluidos filósofos jonios y, sobre todo,
sofistas, que se conforman con un conocimiento basado en la opinión (doxa) y dejan a un lado el verdadero
conocimiento (episteme).
Sócrates se convierte, de
este modo, en una condición previa para toda la filosofía, en la premisa de
todo el pensar occidental. En él confluyen, en una unidad que resultará
imposible de conseguir más adelante, la actitud de piedad para los dioses y de
arraigo en la ciudad, con el uso más implacable de la razón.
Capítulo XV. La herencia de Sócrates.
En este capítulo final Tovar
nos habla de la herencia del pensamiento socrático, aunque tras su lectura la
conclusión a la que podemos llegar es que esa herencia jamás existió de forma
plena o real. Y es que Sócrates constituye un punto final en la historia de la
filosofía a pesar del calado y la difusión que durante siglos tuvo su
pensamiento. La clave del pensar socrático está, Tovar lo repite varias veces a
lo largo de este libro, en un difícil equilibrio que va desde la confianza en
la razón al freno que pone límites a una ambición excesiva de lo racional, una
ambición que destruiría toda la herencia recibida y dejaría al hombre desnudo
frente a la nada. Pues bien, este mensaje no es respetado por ninguno de sus
seguidores, ni directos ni indirectos, todos ellos caen repetidamente en el
error de sistematizar rápidamente su pensamiento, dejando a un lado todo enlace
vital y todo vínculo con la tierra.
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