jueves, 4 de julio de 2013

Dioses y hombres en la Ilíada

Siempre que se comienza a hablar de la Historia de la Filosofía se empieza desde la antigua Grecia, de lo que se considera el "milagro griego", es decir, el asombroso paso del pensamiento mítico al pensamiento racional como si de un salto al vacío se tratase. En los últimos tiempos (más o menos desde mediados del siglo pasado) los especialistas han tratado de difuminar esa distancia, de hacer ver cómo no existe una diferencia tan radical entre el mito y el logos, porque también en la mitología existe un pensamiento racional y en la primera filosofía (así como en la posterior) existe mucho de lo que puede llamarse "pensamiento mitológico". Todo esto está traído a colación para mostrar que nuestra elección de la antigua Grecia como inicio del pensamiento filosófico resulta un tanto arbitraria y ofrece muestras palpables de etnocentrismo ya que, ¿por qué no comenzar hablando, por ejemplo, de la sabiduría egipcia?, o, ¿por qué no acercarnos al pensamiento de la antigua China o al de la India para inaugurar este blog (hablando de los Upanishad, por ejemplo)? Sin duda serían puntos de vista bastante interesantes y enriquecedores, tan válidos como los que vamos a desarrollar, pero había que comenzar por alguna parte y nosotros hemos elegido la de la vieja escuela.
La Ilíada es el libro que inaugura este blog (no se puede ser más clásico). Esta es la edición que tengo en casa y la que he leído, es la que forma parte de la colección de Gredos-RBA. En su momento (cuando empecé la Licenciatura de Filosofía en 2006) comencé esta colección, que por cierto, ha sido una de las pocas que he terminado, y que tras su uso ha dejado ciertas luces y sombras. Aspectos positivos: sin lugar a dudas su precio, un poco menos de nueve euros por un libro que, en la edición original de Gredos, cuesta alrededor de los treinta y cinco. Aspectos negativos: la edición de RBA no tiene ni la presencia de la edición original de Gredos ni mucho menos su resistencia, algo me dice que son libros para no ser leídos (para formar parte, por ejemplo,  de la biblioteca de alguna asociación cultural de vecinos que están más interesados en el dominó y en el mosto de Umbrete que en la  literatura clásica, y yo les alabo el gusto). Digo esto porque los libros de la colección Gredos-RBA aguantan con dificultad una segunda lectura y ya no te cuento una tercera. Pero, en fin, la traducción (que es lo que de verdad cuenta) es la misma en ambas ediciones y todo lo demás puede (o no tiene más remedio) que quedar en segundo plano.
Pero vayamos a lo que nos ocupa y dejemos a un lado las "cuitas del joven bibliófilo sin recursos". ¿Qué podemos decir de la Ilíada? Bueno, la verdad es que me parecía bastante aburrido y pesado hacer una especie de comentario y resumen de cada una de las partes principales del poema (eso lo podéis encontrar en esta gina), tampoco quería desmenuzar esta obra en sus diferentes personajes para tratar de analizarlos con detalle (sería más bien una tarea de filólogos). El filósofo debe, desde mi modo de ver, acercarse en sus lecturas al nudo central de la obra que estudia para tratar de comprender el verdadero problema que subyace en sus páginas (para los detalles ya están otros) y para mí,en ese sentido, el tema principal de la Ilíada no es otro que la relación entre dioses y hombres.
Resulta cuanto menos inquietante para todo aquel que se acerca por vez primera a los escritos de Homero y de Hesíodo la imagen de los dioses que en ellos se nos ofrecen. Para estos autores la famosa sentencia de que el hombre está hecho "a imagen y semejanza de Dios" parece llegar a sus últimas consecuencias o más bien cumplirse en sentido opuesto. Dos mundos son claramente diferenciados en la Ilíada: el del Olimpo,en el que se muestra a las divinidades viviendo despreocupadas y ociosas, y el de los hombres, para los que la guerra y la muerte parecen ser el pan nuestro de cada día. En este escenario los héroes parecen mostrar un sentido de la moral y del deber mucho más desarrollado del que poseen los dioses, sin embargo, llama la atención el hecho de que aunque los héroes se quejen y sufran, no exista en todo el poema el más mínimo reproche al respecto, parece que no hay nada que objetar, las cosas son así y nadie se sorprende o trata de cambiarlas. Es algo muy similar a lo que ocurre cuando tenemos la mala idea de comparar al Dios del Antiguo Testamento con el del Nuevo Testamento. Ahora me viene a la memoria (aunque sin duda se pueden traer a colación otros muchos textos más representativos) aquel pasaje del Génesis en el que Abrahán intercede por Sodoma (Gen 18, 16-33), es el hombre aquí también quien parece mostrar más misericordia y sentido de la justicia que el Ser supremo al tratar de evitar que el justo perezca con el malvado. 
Pero cometemos un error al llevar a cabo estas comparaciones, no contamos con un sentido de la religiosidad más avanzado (si es que estos términos pueden si quiera emplearse para hablar de religión) que estos hombres porque nuestra concepción de la divinidad sea más justa y misericordiosa. Estamos hablando de tiempos duros y difíciles en los que la muerte estaba a la vuelta de la esquina, donde el fin podía llegar en cualquier momento y sin una explicación aparente, haber tenido en estas circunstancias una concepción de la divinidad como garante del bien y de la justicia habría supuesto, poco más o menos, su negación automática, haber acabado con ella al instante.
Desde mi punto de vista la Ilíada muestra a los hombres de hoy en día el precio pagado por haber tratado de casar a la divinidad con la razón. Uno de los primeros que criticó con bastante dureza la imagen de los dioses que mostraban los poetas fue el filósofo presocrático Jenófanes, que afirmaba lo siguiente:
A los dioses achacaron Homero y Hesíodo todo aquello que entre los hombres es motivo de vergüenza y de reproche: robar, adulterar y engañarse unos a otros (Frag. B11).
Frente a la concepción de la divinidad homérico-hesíodica Jenófanes presenta a su dios en los siguientes términos:
Uno solo es dios, entre hombres y dioses el más grande, ni en cuerpo parejo a los mortales, ni en entendimiento (Frag. B23).
Era el comienzo del "buen camino". La razón no podía tolerar una concepción de la divinidad en términos similares a los utilizados para concebir al hombre, era necesario poner distancia entre ambos, no podían estar inmersos en los mismos asuntos e intereses seres tan dispares. Pero todo en esta vida tiene un precio y dejar entrar a la razón en el ámbito de la religión alejó a los dioses de los hombres. Es cierto que Aquiles y Héctor sufren a causa de la pasión y los celos divinos, pero también es verdad que esos mismos dioses los favorecen y respaldan en la batalla. Resulta patente que a medida que la razón se adueña de la divinidad, a medida que el dios es considerado un dios supremo (en cuanto a entendimiento, en cuanto a virtud) se deshumaniza con todo lo bueno y lo malo que esto conlleva: no es casualidad que a medida que la razón hace mella, el dios se dirija cada vez menos a los hombres, que cada vez con menos frecuencia les diga lo que tienen que hacer, a medida que la razón impone su criterio a los mortales les parece propio del mito aquel tiempo en que compartían lecho con la divinidad, y es que, para nosotros, el Olimpo es un lugar mucho más alto y alejado de lo que fue para los griegos.  

2 comentarios:

  1. Sinceras felicitaciones por tan excelente trabajo. Al igual que las publicaciones que haces en torno a las dos obras de Mircea Eliade, son enormes aportes al conocimiento de este gran estudioso de las religiones. Que esa labor académica perdure para las generaciones que quieren saber, profundizar y conocer, esos enormes aportes de quien ilumina la razón, responde preguntas y abre caminos, construyendo mundos.

    ResponderEliminar
  2. Dijistes mucho y a la vez nada.

    ResponderEliminar